Aún recuerdo aquella noche… El día anterior habíamos planeado vernos en una cafetería para tomar algo y después ir al cine que estaba a unas cuantas calles.
Compramos dos batidos; íbamos tarde así que los pedimos para llevar y beberlos mientras caminábamos. Hablamos sobre cómo nos había ido en el día y que tan hermosa se veía la húmeda ciudad en una noche iluminada por los faroles y luces neón que la complementaban.
Entonces… fue cuando pasó. Un gato negro se encontraba al otro extremo de la carretera, mientras los autos transitaban con velocidad y confianza. De un momento a otro, el minino decide tomar la acción de cruzar, sin darse cuenta de una camioneta que se aproximaba con rapidez. Ella se percató de aquello, y como un reflejo, soltando su batido, corrió para salvar al animal. En ese momento… todo se desenfocó, y el tiempo se ralentizó, lo único claro era ella. Como una especie de calma antes de la tormenta.
Fue difícil procesar todo después. Después de que empujara al minino para salvarlo. Después del choque. Después de ver su cuerpo destrozado en la carretera. Después de su muerte.
Mediante el pasar de los días, el tiempo parecía ir más lento. De repente las cosas más simples parecían no cobrar sentido. Todo se sentía falso, como si la realidad hubiera cobrado una especie de irrealidad.
En esos instantes de irrealidad seria cuando comenzaron las ensoñaciones. Comencé a repetir esa noche una y otra vez en mis sueños. Todo se sentía tan real como en aquel momento, y todo pasaba exactamente igual; los batidos, el gato y el choque. Las noches eran como un castigo, por lo que intentaba no dormir. Pero en algún momento tenía que cerrar los ojos y era allí cuando la pesadilla comenzaba.
Sin embargo, un día cuando estaba a punto de caerme dormido, decidí intentar algo. Cuando entré en el sueño todo pasó exactamente igual. Hasta la parte en la que salimos del café con los batidos; al poner un pie en la calle, me llegó una especie de reminiscencia de lo que estaba a punto de pasar. Así que le dije que tomáramos un camino diferente para ir al cine, con la excusa de tener más tiempo para charlar. Todo parecía ir bien, y por un instante pensé… que la había salvado. No obstante, aquel condenado gato volvió a aparecer, y un pesado camión de carga se dirigía hacia él. Ella volvió a morir. Me desperté agitado, y con fuerte sentimiento de frustración, pero algo me confortaba. En ese momento erróneamente pensé… que si lograba salvarla en mis sueños, de alguna forma la tendría de vuelta conmigo. Y me obsesione con esa idea.
Comencé a dormir más simplemente con la intención de entrar en aquel sueño. Lo repetía múltiples veces, una tras otra; alterando los sucesos dentro de él. Tomábamos calles distintas, nos dirigíamos a lugares diferentes, le proponía quedarnos en el café o no ir al cine. Incluso una vez dentro de la ensoñación decidí no ir a la cita, y entrar a un bar cerca del café, recuerdo haber pasado un largo tiempo en él y después ver en un pequeño televisor del bar la noticia de su muerte. Sin importar cuantas veces intentara cambiar los acontecimientos, cambiando mis decisiones, todo siempre tenía el mismo final. Ella moría… y yo no podía hacer nada para evitarlo.
Esa rutina de vivir en mis sueños me fue desgastando con el pasar del tiempo. No salía de mi apartamento, no me alimentaba bien ni cuidaba de mi higiene personal. Me había convertido en un fantasma de lo que alguna vez había sido. Seguía insistiendo en salvarla cada vez que dormía, pero cada fallo por intentar cumplir mi cometido solo elevaba más mi nivel de frustración.
Tras despertarme una mañana después de haber pasado muchas horas soñando. No podía sentirme peor. Decidí ir al baño para verme en el espejo, pero no reconocía a aquella persona ojerosa, flacuchenta y desaliñada del reflejo. Había dejado el café hace algunos meses ya, entonces me serví un vaso con agua y decidí echar un vistazo por la ventana. El impacto fue mucho cuando vi en el tejado del otro edificio al gato negro mirándome fijamente. De repente todo se tornó borroso. Escuché el cristal del vaso quebrarse. Y caí desmayado al piso.
Me hallaba en un lugar oscuro. Era como una especie de sueño, pero para nada igual al que venía experimentando desde hace meses. Todo estaba calmado e insonoro. Hasta que de repente en un destello de luz, salgo disparado en el oscuro espacio y comienzo una especie de viaje de alucinaciones donde comienzo a observar todos los sueños que había tenido desde una visión más externa. Es ahí cuando me percato de algo que había venido ignorando. En todos los sueños en los que había estado, siempre estaba allí, en el momento de su muerte como indirecto causante u observador. El gato siempre estaba allí, sin importar qué cosas cambiará siempre hacía acto de presencia.
En ese momento realicé quien realmente era aquel gato. La representación de la temporalidad, la creadora y destructora de mundos, aquella con quien nos encontraremos al final y cerrará las puertas del universo por completo. La señora Muerte en carne y hueso.
De repente me encontraba en el piso frente a mi cama, y encima de ella estaba posada la ahora revelada gata, mirándome fijamente.
—Ahora lo sabes… no puedes salvarla —dijo una imponente voz femenina que provenía de la minina con intensos ojos esmeralda.
Todo cobró sentido. No hice más que permanecer en silencio. Arrodillado en el piso y con la mirada perdida, ante mí se había revelado el panorama completo de la tragedia.
—Has pasado meses… perdido… vagando por los dominios de Morfeo en las noches, reviviendo tu pérdida una y otra vez, en un bucle de probabilidades infinitas que siempre te encamina al mismo destino —agregó la gata.
—Yo solo la quiero devuelta —dije con la voz quebrada mientras las lágrimas comenzaban a descender por mis mejillas.
—Ella ya ha cumplido su tiempo en este mundo. Tienes que aceptar que eso no lo puedes cambiar. Pero hay cosas que sí puedes cambiar aquí y ahora… solo si tienes el valor de ello. De lo contrario te perderás en tu propia mente —fueron las palabras con las que finalizó la gata.
Me desperté, estaba en mi cama y otra vez era de mañana. Veía los rayos del sol entrar entre las cortinas, así que decidí abrirlas y salir al balcón. Repose mis manos sobre el barandal y dando un extenso suspiro de aceptación, simplemente me quede viendo el amanecer de un nuevo día.
Francisco Javier Herrera Plaza
Redactor